Josephine te Pas, musicoterapeuta, cuenta las experiencias de su trabajo con Mpowering People en Nicaragua.

A David lo vi por primera vez en el centro de la ciudad nicaragüense de León, donde él pedía limosna. David José Ramírez es el nombre de este joven de diez años, que vive junto con su familia en uno de los tantos barrios pobres de esta ciudad. Una zona llena de polvo, casas de cartón, plástico y calamina. David tiene 11 hermanos, algunos de los cuales han sido “regalados” por su madre. Su padre desapareció y aparentemente se dio a la bebida, al igual que tantos otros padres que se ven sobrepasados por una existencia sin perspectivas.

Trabajé como voluntaria realizando actividades musicales para los niños de la calle de León durante un período de 5 meses, en los cuales conocí mejor a David. Lo que más me llamó la atención en este niño era que no parecía tener ningún interés en su entorno, pero siempre venía a las actividades musicales. En un par de meses lo vi cambiar completamente. De ser un niño de mirada opaca se transformó en un niño que corría hacia mí con las mejillas rojas y los ojos centelleantes de emoción. ¿Qué es lo que transformó a David? ¿Fue la atención, el poder expresar sus emociones, el crear canciones con sus amigos y conmigo o fue justamente el poder estar orgulloso de sí mismo? Todos estos conceptos con un significado trascendental.

Un día típico de mi estadía en León

“Es un miércoles a las 12:00 del mediodía. Camino por el barrio periférico de Adiact hacia la escuela local. Una pequeña construcción rodeada de muros y alambres de púas. Cuando llego acaban de terminar el día escolar. Después de las horas escolares podemos utilizar un aula para nuestras actividades musicales, pero de puro impacientes, la mayoría de los niños ya han salido corriendo hacia la calle polvorienta. Wilber, de ocho años, impecable con su raya en el pelo, viene hacía mi corriendo. Con su voz agitada grita que buscará a los otros. David ya me está esperando en la reja de la escuela. Luego de haber podido juntar a los siete niños, cuyas edades van entre los ocho y los doce años, podemos empezar.

Calentamiento en la selva

A pesar de los 35 grados, es necesario comenzar con un “warming up”. Para que puedan concentrarse es necesario que los niños descarguen su energía. Ellos escogen el CD de la música reggaeton. Un pequeño inconveniente ¡Hoy no hay electricidad en el barrio! Los niños miran algo consternados, pero rápidamente comenzamos a tocar la guitarra y con mucho meneo cantamos la canción “en el bosque”. Esta traducción de “in the jungle” es la canción favorita de los niños. Tan pronto como comienzan a caminar marcando el ritmo con los pies, se olvidan rápidamente del reggaeton. Mucha acción y dinamismo mantienen a los niños intensamente concentrados, pues deben reaccionar inmediatamente cuando yo grito de improviso “más rápido” o “paren”. Luego, cada niño tiene su turno para “encargarse” de este rol.

La concentración es a veces difícil

Los niños se desconcentran fácilmente. Esto ocurre nuevamente cuando ven un grupo grande de curiosos que se agrupan delante de las ventanas abiertas del aula para espiar lo que están haciendo ahí adentro. También la concentración de David se pierde rápidamente. De pronto vuelve a sus ojos una mirada tensa e insegura. De todos modos, él está hoy como si no hubiera dormido durante toda la noche, lo que no es nada especial, ya que ayer también lo encontré a las 12:00 de la noche en el centro de León. Con unas ojeras muy grandes mira compasivamente el aula. Con la ayuda de Sayda, la directora del equipo nicaragüense de Mpowering People, podemos ahuyentar a los curiosos. Con mucho afán recobro la atención de mi grupito. Hago que todo el grupo palmee el ritmo de “We Will Rock You”, y los animo a que canten. “¡Es una canción de Rock!”- les enseño - “¡así que debe sonar con mucha fuerza! ¡Muestren quiénes son!” Finalmente ellos gritan la canción hasta que se ponen rojos, y veo nuevamente el brillo en los ojos de David.